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sábado, 18 de febrero de 2017

Buenas y malas palabras.

Mi hija que ya va a la escuela, comienza a identificar eso que llaman "buenas" y "malas" palabras. Sin embargo que ella tenga esas nociones de “buenas” y “malas” palabras,  no son exclusivas de la escuela. Todo su entorno ha tenido que ver en ello. Y yo creo que también puse mi granito de arena en este entuerto.
Tomado de: http://www.unperiodistaenelbolsillo.com/wp-content/uploads/2014/05/26-27-Zabala-web.jpg

La palabra culo siempre me ha gustado y goza un lugar especial dentro de mi lista de palabras preferidas. Desde siempre he sido defensora de esta palabra y he exclamado voz en cuello, que no existe ningún otro término que posea la misma carga semántica que la de la palabra culo, para ser más precisa, lo que he dicho es que: “el culo solo se puede nombrar con la palabra culo”. Aquellas palabras que poseen la misma o una parecida carga semántica, a la de la palabra culo, parece que nos hablaran de otra cosa: Por alguna razón, quien nombra la palabra ano lo hace no como si realmente no estuviera hablando del culo, sino como quien habla desde la más absoluta frialdad y vergüenza de una parte del cuerpo con la que no hay una relación directa, de una parte que necesita un trato muy clínico, médico y antiséptico. Decir ano incomoda, decir culo no.
Con el nacimiento de mi hija, tratamos que las costumbres familiares no  se vieran afectadas y a esa parte del cuerpo, se le siguió llamando como siempre lo habíamos hecho. En los primeros años estuvimos rodeados de forma casi exclusiva por el ambiente familiar, y ahí todo funciona de maravilla, pero las cosas comienzan a tornarse complicadas cuando comenzamos a salir de la casa más frecuentemente y encontrarnos con eso de que algunas de nuestras palabras cotidianas, son consideradas tabú.
Cuando mi hija tenía alrededor de dos o casi tres años comenzó a explorar su cuerpo, cosa que es normal y esperada para su edad. Nosotros asumimos su curiosidad como parte natural de su desarrollo. Y como es de suponer comenzó a explorar su culo.
Una tarde en la que permanecíamos en la sala de espera para la consulta con su pediatra, en una de las clínicas de nuestra ciudad, la descubro oliendo con sumo detenimiento sus dedos. La miro con recelo y me temo lo peor, no sería la primera vez que ella o algún niño, rompa la formalidad y seriedad de esos espacios públicos y donde gracias a un comportamiento o a un comentario “inadecuado”, sentimos que se abre una grieta y se cuela un poquito de la vida real –con su lenguaje también real- y quedamos los padres expuestos al escarnio público.
Mi hija, al ver mi cara de desconfianza me ofrece sus dedos para que yo los huela, pienso que mi cara en ese momento debía enviarle una serie de mensajes contradictorios y mis gestos le trataban de mostrar un mensaje del tipo: “Uy fuchi mi amor, eso no se hace”, ella me conoce, sabe que una mamá de “uy fuchi” no soy, respuesta que la debió dejar muy desconcertada por lo que decidió pararse sobre sus dos pequeñas piernas que sostenían toda su humanidad de dos años y medio, gritar a todo pulmón. "Mami,  huélelo que no me lo metí en el hueco del culo" (Aquí es necesario hacer una pausa, tomar un poco de agua y volver) Probablemente ella lo dijo en su volumen natural pero en ese momento, yo escuché esa frase como si de su boca hubiese salido un megáfono porque sentí que hasta la campanita del carrito que vende helados y que está del otro lado de la calle, se detuvo para cerciorarse de lo escuchado.
Sentía todas las miradas clavadas en mi cuello y espalda y de mí brotó, como siempre, una risa nerviosa y la necesidad de dar alguna explicación, tal como si tuviésemos que declarar ante el tribunal por algún crimen cometido. Es evidente que no tengo ni la más mínima idea de lo que pude haber dicho. Mis ojos estaban clavados en los de la secretaría a quién con mi maravilloso poder mental le suplicaba que dijera el nombre de mi hija para escapar al consultorio y que todos además, se pudieran reír sin remordimiento.
Han pasado algunos años desde aquel incidente, mi hija ya va a la escuela, está aprendiendo a leer y a redescubrir el mundo a través de las palabras. Esto último nos llena de profundo gozo.
En las últimas semanas ha vuelto a la palabra culo, ha vuelto como quien conoce bien lo que nombra y disfruta por ello al nombrarlo. Inventa juegos en los que invita a los demás a pronunciar esas cuatro letras que le causan tanto placer, entendiendo que el placer ahora dejo de ser físico y paso a ser simbólico.
Se ha dado la tarea de escribir en una hoja las palabras que terminan en –culo y está atenta a los discursos de los adultos para ver qué palabra nueva puede atrapar para su nueva colección. En una hoja blanca lleva una lista que repite una y otra vez: montículo, currículo, espectáculo, ridículo, artículo, cubículo, obstáculo y, otras más que ha ido descubriendo por el puro placer de la irreverencia.

Ahora ella camina por el límite entre esas nociones de “buenas” y “malas” palabras, ahora procura no nombrarla, su juego radica en propiciar situaciones en las que sean los demás quienes nombren al culo y pasa el día ingeniándoselas para ver quién va cayendo en este juego.  

domingo, 5 de febrero de 2017

De camino a la escuela


Todos los días mi esposo y yo llevamos o buscamos a nuestra hija al colegio. Así tal cual, en medio del ajetreo cotidiano, de la falta de tiempo, de la salida apresurada de los trabajos, de la falta de transporte público que facilite esta acción; nosotros hacemos lo posible por acompañarla diariamente al colegio. Tratamos de hacerlo juntos porque sentimos que es un regalo cotidiano, una forma de estar presentes, de acompañarnos.
Como es de esperar muchos padres hacen lo mismo, en medio de la barahúnda en la que se ha convertido esta ciudad. Y muchas veces nos encontramos con esos otros padres de camino a la escuela, conversando de las labores escolares, de cómo crecen los niños, entre otras cosas que surgen durante el recorrido.  
Nos hemos hechos amigos en el camino a la escuela, de una madre de la misma sala de nuestra hija, es la madre de una niña con una hermosa piel morena, cabellos cortos y ensortijados y de muy baja estatura, para el promedio de su clase. Nuestra hija y ella siempre vienen hablando por el camino, regalándonos las flores que encuentran a su paso y dando brinquitos por todo el recorrido.   
La maestra de nuestra hija la semana pasada convocó a una reunión con los padres y nos comentaba con preocupación que, por primera vez en muchos años, eran muy pocos los niños que asistían al colegio y, que como nuestros hijos estudian en el turno de la tarde, nos pedía que los niños no almorzaran en la casa, sino en la escuela, porque muchos niños no eran enviados porque los papás no tenían para la merienda.
Esto nosotros lo asumimos realmente más como un asunto logístico que de cualquier otra forma. Pensamos que era una buena noticia para no tener que comer apurados, así ella comía con sus amiguitos en el colegio y, por lo tanto, resolvimos adaptarnos a esta nueva solicitud.
El día de ayer, al finalizar esta semana, cuando venimos de regreso de dejar a nuestra hija nos topamos nuevamente con la mamá de la amiga de nuestra hija y, como de costumbre, vamos conversando de regreso a la casa sobre los mismos temas de todos los días. De repente, se me ocurre peguntarle cómo le ha ido a su hija con el hecho de almorzar en el colegio y no en la casa, a lo que ella me responde: “No, yo no le envié hoy nada. Es que la cosa está muy dura” y yo le digo: “Claro, es que no todos los días puede enviarle merienda porque a veces no hay. Pero cómo hace con ella otros días, ¿ella almuerza en la casa o en el colegio?” Vuelvo a insistir yo en el mismo punto. A lo que la mamá me explica: “No, es que hoy no almorzamos nada porque de verdad hay días no tenemos nada de nada”. Y me continúa explicando la señora, a lo que ya en este punto siento que mi pregunta siempre fue imprudente: “A mí no me gusta mandarla para el colegio cuando no tenemos comida, pero ella hoy insistió e insistió y yo la traje”. Quedé tan sorprendida con su respuesta que sólo pude decirle: “Me parece que hizo bien porque seguro que la maestra comparte con lo que los demás niños llevan” Ya en ese punto del recorrido habíamos llegado al momento en el que nos separamos. Ella se despide y se pierde su imagen por una calle que de seguro la lleva a su casa.
Mi esposo me mira y me dice: “¿Por qué esa niña quiere ir a la escuela?” Y realmente siento que no hay ninguna otra pregunta más pertinente que esa: ¿Por qué?, ¿Por qué esa niña quiere ir a la escuela si no ha comido nada?, ¿Qué puede ofrecerle la escuela a un niño que no tiene ni un pan para comerse de almuerzo?, ¿Sabrá su maestra que sus niños no tienen dinero para la comida y aún así insisten para que los lleven al colegio?, ¿Estará esa maestra, estaré yo y estaremos todos a la altura de estas circunstancias que nos exigen ser mejores cada día para que el hambre sea apaciguada?, ¿Realmente los niños compartirán con ella su comida?, imaginé tantas veces a mi hija con cara de pícara sin querer compartir con nadie su comida preferida y yo insistiéndole, tratando de que comprenda que es importante compartir y, finalmente consintiéndola y accediendo a que no comparta, justificándome en su derecho de no querer hacer algo. Y cuando no quiere compartir no lo hace porque sea una niña mala o desconsiderada. Simplemente no lo hace porque le gusta comer. Como a todos los niños. 

lunes, 30 de enero de 2017

Fiestas infantiles

Una de las cosas que menos me gustan de las actuales fiestas infantiles es que, en la mayoría, contratan "animadores" o "recreadores" para que entretengan a los niños. Muchos de ellos se derriten en súplicas para que los invitados se integren a sus "dinámicas" de entretenimiento porque es necesario convencer a los papás, al facebook, al instagram y demás redes sociales que, efectivamente, la pasamos "genial" en el cumpleaños de la “amiguita” o el “amiguito”.
Yo preferiría que los niños tuvieran la oportunidad de decidir qué hacer con su tiempo, que escogieran correr solos o acompañados, saltar, jugar al escondite cualquier otra cosa, pero no, de repente han surgido mánagers que nos guían por el complejo mundo de las fiestas infantiles. Quienes además se dan la tarea de comenzar a crear estereotipos de cómo, cuándo y dónde divertirse, también deciden cuando un niño o niña es aburrido o aburrida porque no quiere, no le gusta, se apena, entre tantas razones que se me ocurren de forma rápida en este momento, del por qué no quiere participar en esa divertida e infalible “dinámica”, excluyéndolo de toda la gama de juegos que consiste en participar en equipos que los hacen ser los mejores de la fiesta: “los campeones”, “los arrasadores”, etc.   
Me pregunto, ¿qué pasa con el niño o la niña que no quiere participar? Y no sólo eso, ¿qué pasa con los padres de esos niños que repentinamente se vuelven objeto de todas las miradas? Y muchos de ellos (que aún siendo adultos no pueden manejar la presión social) les terminan diciendo a sus hijos o hijas: “bobo” o “boba” porque no quiere participar en tan entretenido divertimento. Y comienzan a agarrar a la pobre criatura, a halarla por los brazos, a halarle la franela suplicándole que se integren, en definitiva para no sentirse ellos tan desintegrados.
Debo confesar que para mí resulta una agonía grande que lo que se supone debería ser un espacio para compartir libremente, se convierta en una tarde de egos rotos, autoestimas lastimadas y relaciones descalabradas.
Pero finalmente, lo que más me preocupa es si este modelo se seguirá repitiendo hasta la adultez y hemos crecido en medio de este tipo de ambientes tan entretenidos que ni siquiera hemos tenido la capacidad de darnos cuenta. ¿Se repetirá este modelo se repetirá a otros niveles? ¿Hasta qué punto decidimos qué hacer con el tiempo de nuestra vida?

Lo digo porque últimamente me he sentido que estoy en una fiesta de este tipo: me piden que salte con un pie y salto, me piden que mueva la cadera y la muevo, me piden que aplauda dos veces y aún sabiendo que no tiene ningún sentido, yo, aplaudo las dos veces. 

domingo, 15 de enero de 2017

Efecto de la aparición de las palabras, según Gianni Rodari



Una china tirada a un estanque suscita ondas concéntricas que se extienden sobre su superficie, involucrando  en su movimiento, a distancias distintas, con distintos efectos, al nenúfar y al junco, al barquito de papel y a la balsa del pescador. Objetos que se mantenían a su aire, en su paz o en su sueño, son como reclamados a la vida, obligados a reaccionar, a entrar en relación entre sí. Otros movimientos invisibles se propagan en profundidad, en todas las direcciones, mientras la china en su caída remueve algas, espanta peces, provoca siempre nuevas agitaciones moleculares. Cuando al fin toca fondo, subleva el barro, empuja a los objetos que yacían allí olvidados, desentierra a algunos, otros acaban recubiertos por la arena. Innúmeros acaecimientos, o microacaecimientos, se suceden en un tiempo brevísimo. Aun teniendo tiempo y ganas, ni siquiera sería posible registrarlos a todos, sin omisiones.

domingo, 8 de enero de 2017

Naufragio

Naufragio

Del lat. naufragium.
1. m. Pérdida o ruina de la embarcación en el mar o en río o lago navegables.
2. m. Pérdida grande; desgracia o desastre.
3. m. Mar. Buque naufragado, cuya situación ofrece peligro para los navegantes.



Imagen tomada de: http://www.tecnologiadetuatu.elcorteingles.es/wp-content/uploads/2015/07/fotsub4.jpg


Estar hundidos, tapiados por un cristal

mirar por el vidrio empañado

encontrar restos de la embarcación y sus tripulantes

caminar sobre escombros de objetos y seres

permanecer inmóvil

ensayar una y mil veces las ensoñaciones

convertirse en una contadora de historias de tierras extintas.

Hay hundimientos desde adentro:

En los que perecemos sin estar muertos.

jueves, 5 de enero de 2017

¿Cómo termina un libro?

Ilustración tomada de: http://static.wixstatic.com/media/c937bf_ea08f3b8c38c4e9a8c0ccca824d55edb.jpg_srb_p_600_357_75_22_0.50_1.20_0.00_jpg_srb

No estoy seguro, pero siempre los veo terminar como al principio.
Cuando cierras una puerta, muy probablemente cierras una casa y abres una calle, cierras una calle y abres un camino, cierras un camino y estás abriendo lo que no conoces.
No es verdad que muerto Dios todo está permitido.
Sencillamente vive y camina y jamás escribas bajo el mandato de un dios, ni de un tirano, así sea el amor ese dios o ese tirano. 


Orlando Araujo

miércoles, 4 de enero de 2017

¿Para qué ser padres?


"Así como nos hemos organizado para defender el hábitat y el medioambiente y las aguas y los mares y las montañas, tendremos que organizarnos también para defender la integridad de la experiencia de ser familia. La familia seguirá siendo la mejor arma para evitar la destrucción (...) Si queremos una cultura verdaderamente humana, necesitamos fortalecer la experiencia de ser una familia, verdaderamente humana"


Para ello debemos preguntarnos: "¿Para qué quiero ser padre?, ¿Para cultivar la imagen?, ¿para sentirse seguro que alguien nos cuidará cuando seamos viejos?, ¿para dejarlo en manos de terceros: abuelos, maestros, tíos, domésticas? Las estadísticas dicen que muchos padres, poco después del nacimiento de los hijos, pierden la ilusión y lamentan su nuevo status en la medida que el hijo exige mayor contacto. ¿Será que la ilusión se muere rápido...¿ o ¿Tenemos padres que aún son niños inmaduros, incapaces de crecer...? (...) Un hijo no es un adorno." Manuel Barroso