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domingo, 8 de enero de 2017

Naufragio

Naufragio

Del lat. naufragium.
1. m. Pérdida o ruina de la embarcación en el mar o en río o lago navegables.
2. m. Pérdida grande; desgracia o desastre.
3. m. Mar. Buque naufragado, cuya situación ofrece peligro para los navegantes.



Imagen tomada de: http://www.tecnologiadetuatu.elcorteingles.es/wp-content/uploads/2015/07/fotsub4.jpg


Estar hundidos, tapiados por un cristal

mirar por el vidrio empañado

encontrar restos de la embarcación y sus tripulantes

caminar sobre escombros de objetos y seres

permanecer inmóvil

ensayar una y mil veces las ensoñaciones

convertirse en una contadora de historias de tierras extintas.

Hay hundimientos desde adentro:

En los que perecemos sin estar muertos.

jueves, 5 de enero de 2017

¿Cómo termina un libro?

Ilustración tomada de: http://static.wixstatic.com/media/c937bf_ea08f3b8c38c4e9a8c0ccca824d55edb.jpg_srb_p_600_357_75_22_0.50_1.20_0.00_jpg_srb

No estoy seguro, pero siempre los veo terminar como al principio.
Cuando cierras una puerta, muy probablemente cierras una casa y abres una calle, cierras una calle y abres un camino, cierras un camino y estás abriendo lo que no conoces.
No es verdad que muerto Dios todo está permitido.
Sencillamente vive y camina y jamás escribas bajo el mandato de un dios, ni de un tirano, así sea el amor ese dios o ese tirano. 


Orlando Araujo

miércoles, 4 de enero de 2017

¿Para qué ser padres?


"Así como nos hemos organizado para defender el hábitat y el medioambiente y las aguas y los mares y las montañas, tendremos que organizarnos también para defender la integridad de la experiencia de ser familia. La familia seguirá siendo la mejor arma para evitar la destrucción (...) Si queremos una cultura verdaderamente humana, necesitamos fortalecer la experiencia de ser una familia, verdaderamente humana"


Para ello debemos preguntarnos: "¿Para qué quiero ser padre?, ¿Para cultivar la imagen?, ¿para sentirse seguro que alguien nos cuidará cuando seamos viejos?, ¿para dejarlo en manos de terceros: abuelos, maestros, tíos, domésticas? Las estadísticas dicen que muchos padres, poco después del nacimiento de los hijos, pierden la ilusión y lamentan su nuevo status en la medida que el hijo exige mayor contacto. ¿Será que la ilusión se muere rápido...¿ o ¿Tenemos padres que aún son niños inmaduros, incapaces de crecer...? (...) Un hijo no es un adorno." Manuel Barroso

martes, 3 de enero de 2017

¿Nos preparan para cuál vida?

Para mí siempre ha sido interesante, no sin bastante sufrimiento debo aclarar, ver a los niños que ingresan a los centros escolares, a los que inician su educación preescolar. Antes de seguir, debo hacer una salvedad que he dicho en diferentes espacios, siento que en nuestro país la única etapa de la educación que funciona es la educación inicial, tanto pública como privada, porque la gran mayoría de las maestras y maestros responden a las necesidades de los niños y niñas que atienden, es decir, tratan de ser un poco más amenos, pareciera que no odiaran a los niños y, en algunos casos incluso se vislumbra un poco de cariño hacia ellos.  Para mí muy difícil no usar la ironía cuando hablo de educación, es más, procuro evitarla al máximo, sin embargo debo aclarar que el tono irónico no es para enjuiciar a las maestras y maestros que hacen su labor diaria, mi tono irónico busca denunciar este sistema que ha sido tan difícil cambiar y en el que todos hemos sido víctimas y victimarios.
 Después de tanta aclaratoria, lo que quisiera escribir hoy, tiene que ver con los llamados procesos a adaptación, que es un periodo en el cual los niños deben asimilar  la nueva dinámica escolar, es decir, el hecho de ir a la escuela, de estar fuera de la casa alrededor de 5 horas diarias, alejado de los padres y familiares que los han cobijado, acompañado y atendido desde sus nacimientos. Este periodo, según la educación formal, podría comenzar a los 3 años, pero en muchos centros de cuidado “maternal”, comienza mucho antes, y para los niños menos afortunados incluso a los pocos meses de vida.  
Hay niños para quienes este proceso de adaptación es asimilado de forma inmediata, niños que responden de forma satisfactoria al comportamiento estandarizado que se espera durante este periodo, pero para otros niños esto resulta realmente una tortura. Mi verdadera preocupación es ¿Qué pasa con estos niños? ¿Qué pasa con ellos allá adentro de su ser? ¿Qué pasa con sus padres que sufren con ellos sin saber qué hacer? ¿Qué pasa con quienes les rodean que muchas veces toman posiciones muy alejadas de la empatía?
Escuchamos decir a los expertos en materia, que es normal que en esta etapa los niños lloren, muerdan, peguen, no coman y un largo etcétera de comportamientos negativos que acompañan estos procesos. Y muchas veces he visto madres angustiadas por sentirse presa de todas las miradas, sin tener la valentía de tomar una decisión porque se encuentran entre el sufrimiento de sus hijos y los psicólogos, orientadores, maestros, psicopedagogos y demás especialistas que les piden que continúen con el proceso de adaptación porque después de iniciado este camino, lo peor es arrepentirse y volverlo a empezar.

Estoy convencida que todos los padres desean lo mejor para sus hijos, pero al desear “lo mejor” muchas veces consentimos cosas, actitudes, comportamientos en pro de algo que en el futuro los beneficiará. Hemos escuchado desde el nacimiento de cada niño que: “Lo mejor es que no se acostumbre a los brazos”, “Lo mejor es que empiece lo antes posible el colegio”, “Lo mejor es que duerman solos”, “Lo mejor es que tome tetero”,  “Lo mejor es que aprenda a leer antes de los 3 años”, “Lo mejor es que le toque una maestra en primer grado que sea estricta para que después no sufra” y así podríamos continuar con una larga letanía de consejos acerca de qué es lo mejor,  argumentado que el éxito del futuro está sustentado en el sufrimiento de hoy.

Yo no sé cuál será la mejor decisión, tampoco cuestiono a ninguna madre por decidir escolarizar a un niño de 1 año o por decidir no hacerlo. Lo que sí creo que deberíamos cuestionarnos todos es ¿Por qué los niños necesitan adaptarse al colegio? ¿Qué pasa con las Escuelas de Educación en nuestro país que pasan los maestros 5 años estudiando para especializarse acerca de las etapas biológicas, psicológicas y cognitivas de los niños para que después sean ellos quienes se tengan que adaptar? ¿Cuál es la naturaleza de nuestras escuelas que precisan que los niños se adapten? ¿Qué pasa con la voz interior de ese niño que no se adapta? ¿Para cuál vida se puede estar preparando un niño que debe estar uniformado, sin llevar juguetes a la escuela, pasando 4 horas sentado  escuchando a un adulto sin poder interrumpir, de 7 a 12 de la mañana y de lunes a viernes? ¿A los niños realmente les interesa vivir esa vida? ¿Cuál es esa vida para la cual nos están preparando?

Las ilustraciones que acompañan este breve texto las tomé de la hermosa película animada brasileña llamada O menino e o mundo (2013), que es la historia de un niño que deja su vida en el campo por ir tras la búsqueda de su padre, emprendiendo así un recorrido por un mundo totalmente contrapuesto a lo que ha vivido durante su infancia. Es una película hermosamente realizada, tanto en la animación como en la propuesta musical. 

viernes, 30 de diciembre de 2016

Tomado del libro "La palabra amenazada" de Ivonne Bordelois


Imagen tomada de: http://mingailustradoras.blogspot.com/


Cada vez que abrimos paso a la reflexión sobre el sentido es­condido de las palabras o a la ponderación de la sabia arquitectura de la sintaxis, cada vez que celebramos la gracia de un chiste verbal o de una adivinanza, una copla, una frase escuchada al pasar, cada vez que incu­rrimos en el lujo de ese paseo arqueológico entre ruinas maravillosas que es la etimología, estamos reviviendo la felicidad del lenguaje y la posibilidad de la poesía, que es la criatura más excelsa del lenguaje, su corona de estrellas.” Ivonne Bordelois

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Radiografía de una ciudad, de un país o de una casa.

Fotografía tomada de:http://www.panorama.com.ve/contenidos/2014/12/21/noticia_0040.html

Me encantan las casas y sus historias, en especial las casa viejas, las que fueron construidas o diseñadas por familiares, esas que se amoldan a sus gustos, que tienen grandes patios porque antes se tenían muchos hijos y todos se criaban en ellos. Esas casas de grandes espacios que aunque no fueron construidas hace mucho tiempo atrás, se han ido extinguiendo, dando paso a las pequeñas casas diseñadas por expertos profesionales, arquitectos especialistas en distribuir los espacios y de hacer casas en serie.
Yo crecí en una pequeña casa, que mi madre compró “cuando se podían comprar casas en este país” y que fue amoldando poco a poco a las necesidades y a veces, debo decir, a sus propios caprichos. En 30 años de vida más o menos consciente recuerdo alrededor de unas 30 remodelaciones. Para no ser injusta con ella y no quedar como una exagerada, hagamos como si hubiese sido una por año, pero pudieron ser más, de eso no tengo la menor duda.
Aunque mi mamá no es arquitecto, creo que heredó de alguna manera el fervor por querer modificar los espacios. Es a veces complicado explicar, para quienes no hayan tenido una madre que ama tumbar paredes y al día siguiente volverlas a construir, cómo es vivir en una casa que ha estado en permanente transformación. A veces trato de ejercitar mi memoria recordando todas las formas que ha tenido la casa de mi madre y me hace mucha gracia recordar que algunos de los cambios duraron pocos días o a veces horas, porque después de estar todo preparado para ser estrenado, descubríamos que el carro no cabía en el garaje o que alguna puerta no abría. Todos estos vendrían a ser algunos “detalles” que no habían podido ser calculados por la mente siempre activa de mi madre.
Mis hermanos y yo siempre nos amoldábamos a las nuevas formas de la casa, llegamos a tener patio con animales, comíamos huevos frescos que ponían las gallinas, plátanos y lechosas cosechadas en casa. El patio, como comprenderán, podía llegar a desaparecer 3 años después y reaparecer 7 años más tarde. Llegamos a tener, mis hermanos y yo, cada uno un cuarto y quizá al año siguiente teníamos que dormir todos en el mismo cuarto porque mi mamá los había tumbado para hacer alguna ampliación, nunca inesperada y siempre necesaria, debo decir. Es que nuestra casa aunque era la misma, siempre era otra.
Durante muchos años estuvo construido en mi casa una escalera que llevaba al techo de la casa, no había nada más allá arriba, sólo la compañía del sol maracucho de día y la profundidad de la luna y las estrellas durante las noches; es que mi mamá estuvo durante años convencida de que ese era el primer paso para construir la planta alta de la casa. . Efectivamente fue así. Años más tarde se construyó una nueva casa en la parte de arriba de nuestra casa, y esto representaba un gran reto que mi madre asumió con gran   entusiasmo porque era como un lienzo virgen para ella, una hoja en blanco en las que sus pupilas se dilataban en ensoñaciones de futuras construcciones.
En estos momentos tuve que mudarme de mi casa de manera provisional, resulta extraño habitar una casa que desconozco, una casa que aún no entiendo bien cómo ni por quién fue construida, pero tengo semanas buscando relaciones entre sus dueños y estos espacios que habito. Hablo con sus dueños, que no están en éste, su país, el que los vio nacer y les permitió tener y criar a sus hijos, y percibo su angustia y tristeza por no saber cómo está su casa, quizá la misma nostalgia que comienzo a sentir yo por aquellas errantes paredes que mi madre construyó para mí y para mis hermanos y que ahora cobijan también a nuestros hijos.
Pienso en esto, recuerdo mi casa y recorro las calles de mi ciudad y veo por doquier casas expuestas a la luz pública para la venta, casas que han quedado vacías, no sólo de gente, sino de enseres (adoro esta palabra) porque a veces comienzan a sobrarnos las cosas y los objetos. Pienso en mis amigos también y en mí misma que hemos tenido que desprendernos de cosas insignificantemente valiosas por unas cuantas monedas. ¿Qué sentido tienen estas cosas? ¿Qué valor tienen para nosotros nuestros objetos? Miro con detalle y siento que estamos expuestos, que adentro de las casas no hay nada, que hemos asumido hacer nuestra vida afuera de esos espacios que alguna vez nos sirvieron de morada, veo casas vacías de cosas y de gente, veo calles repletas de cosas y de gentes. Esta ciudad se ha convertido en una radiografía de nosotros mismos. “Pase adelante” y compruebe que no hay nada más allá de lo que está expuesto aquí. ¿Qué será de la generación de mi hija y de sus amiguitos del colegio? ¿Crecerán sin un lugar donde reposar del agite cotidiano? ¿Qué pasará con nuestros espacios íntimos, con nuestra vida interior? ¿Seremos sólo eso, lo expuesto a la vista de todos? 


viernes, 28 de octubre de 2016

Amigo imaginario

     Alegría desde hace tiempo tiene un amigo imaginario. Amigo que le permitió excusarse (dice una) de algunas travesuras que ella cometía y que él le soplaba al oído que hiciera o que simplemente él las hacía porque era más atrevido que ella. Amigo con el que soltábamos carcajadas porque cumplía año dos veces a la semana, comía mucho dulce y su mamá le consentía todos los inventos que estos dos soñaran. La mamá de Alegría (es decir, yo) no siempre estaba tan contenta con esta amistad porque se sentía permanentemente comparada con aquella otra mamá, imaginaria también (dice una), que se hacía la vista gorda de todos sus inventos y que por esto, era una mamá más popular que la suya. Su amigo hacía muchas cosas, siempre viajaba, iba a lugares a los que Alegría soñaba ir y volvía a la casa para la cena, como cualquier Max en busca de aventuras monstruosas. 

     Desde hace días la ausencia de ese amigo es notoria, al preguntarle por él, nos dice que su amigo, del que ella siempre tuvo plena consciencia de que era imaginario, se fue del país. Después de reírnos de aquella respuesta tan inesperada, he pensado en ese proceso de crecer, de darse cuenta que hay una realidad ahí, acechante, dispuesta a ganar espacios reales y espacios imaginarios, con los que luchamos y con los que debemos aprender a vivir.


     Definitivamente en estos días todos necesitamos un amigo imaginario, no para escapar de la realidad definitivamente, pero sí para saber que hay algo que está más allá, algo a lo que puedes recurrir y que pertenece a un orden distinto, que te permita de vez en cuando respirar, que te permita comer mucho dulce a deshoras, viajar sin tener dinero y hacer las cosas que queremos sin pedirle permiso a nadie, aunque cuando regreses a casa para cenar, te des cuenta que es verdad, que los amigos se están yendo del país.