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este suelo

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este suelo donde camino incesante donde espero el autobús donde trabaja mi vecino donde quedan rastros de despojos donde nadie pasa a ciertas horas donde alguien está perdido donde escucho un grito donde miro a cada lado donde hay un hombre tendido que deja su marca esa que no existirá                       esa que deja multitud            esa que provoca silencio            esa que deja llanto y rabia Allí una vez el viento abrió su paraguas y dejó su imagen suspendida Allí también yo hablé de amor y de esperanza Allí también yo vi pasar a esa gente también yo esperé también yo vi muerte y sangre también yo creí que era posible no doblar en la esquina permanecer

Al fondo de la imagen está el poema

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Mi madre envió una fotografía de nuestra casa. A petición de mi hija ha puesto todos los juguetes en un solo lugar y los ha fotografiado. La abuela, contenta siempre de ser útil, asume la tarea y nos envía la imagen. Mi hija describe maravillada lo que ve: detalla cada muñeca, cada lego, cada pelota, cada regalito de navidad, de cumpleaños. Poco a poco va armando en su memoria esos lugares de la casa en los que jugó, va recordando quién se los regaló y con quién los compartió. Es una realidad que no existe más allá de aquella imagen enviada por la abuela. Sin embargo, me hace feliz que ella pueda recordar esos detalles de su vida, como si fuese otra dimensión, como si ella tuviera existencia y sentido también en otro lugar.   Yo me detengo, como siempre, a observar el fondo, busco sin saber por qué los detalles: la pared agrietada, el fragmento del piso manchado, el peldaño donde me sentaba a descansar de la faena, a pasar el calor, a mirar por la ventana. No me inter...
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I Mi hija juega en la plaza  mientras dos hombres nos observan no importa lo que hagamos,  siempre miran tienen la costumbre de mirar al otro: sus manos, sus bolsillos, sus carteras. Siempre hay alguien que mira y te sigue los sientes en el costado, en la nuca,  casi rozan nuestras presencias. Nunca sabrás qué detonará el acercamiento. Están acechando como la muerte. No hay tregua para ellos. Fotografía: Luis Ángel Barreto II Nos acostumbramos a andar como si no supiéramos de sus presencias que detonan catástrofes. "Haznos invisibles" repetimos cada noche y poco a poco desaparecen las ventanas, las puertas, todos los agujeros de las paredes. Solo nos rodea el encierro y la certeza de que cada día perdemos visibilidad. III Esta mudez que me imposibilita gritar ha ganado espacios se ha movilizado a los rincones, demostrando que su presencia ahoga voces impide pensamientos ...